Capítulo 8: El lado B de viajar sola
- 25 jul 2024
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 26 jul 2024
Llegué a Bélgica después de muchos días de lluvia en París, con todos los zapatos y las medias "hechos sopa".
El viaje hasta Bruselas fue en colectivo, en un asiento incómodo y sucio; fueron esos viajes en los que solo necesitas llegar a destino y bañarte.
Pero cuando llegué a la estación, tuve que caminar más de 20 cuadras hasta el hostel, con una llovizna que no paraba y un paraguas a punto de romperse. Sin dudas en ese momento sentí, por primera vez en todo el viaje, que no aguantaba más. Empezaba a estar un poco cansada de tirar de esa valija sola, sin saber cómo iba a acomodar todo lo que faltaba.
Claramente había sido un desafío inmenso dejar mi trabajo, comprar un pasaje de ida y decidir definir sobre la marcha dónde vivir y todo lo demás. Transitarlo es hermoso pero al estar sola, tiene momentos muy duros, en los que sentís que todas las decisiones de cada día dependen de vos y nadie más. Tengas o no ganas, tenes que decidir.
Obviamente la tecnología acorta distancias y cada vez que necesitaba estaban mis amigas del otro lado, firmes. Pero hay una diferencia horaria y una presencia física difícil de subsanar. Todo eso lo había llevado muy bien hasta este momento, en que sentí: basta, no quiero tirar sola de esta valija, necesito frenar, estar cómoda y en mi lugar.
Ese día llegué al hostel y lloré mucho. Me di un baño caliente y llamé a una amiga, necesitaba sentirme cerca de mis afectos, acompañada. Por suerte, todo eso fue perfecto para sentirme mejor y poder, al día siguiente, seguir con el viaje.
Bélgica fue su plaza central y sus chocolates, hermosamente ricos. En cada chocolatería pasaba esperando que me den un pedacito para probar, esa era mi picardía mientras aprendía sobre la cantidad de grafitis y dibujos que tienen las paredes: Tintín, Lucky Luke y Los Pitufos nacieron ahí.
[ BÉLGICA me enseño lo necesario de frenar. Descansar para seguir ]










Comentarios