Capítulo 40: Despedir Argentina nunca es fácil
- 26 jul 2024
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ÚLTIMOS DÍAS EN ARGENTINA
La última semana nos levantábamos cada día haciendo la cuenta regresiva. Nos íbamos a Suiza, un país que ninguno de los dos conocía, siendo parte del continente europeo pero no de la Unión Europa. Era tanta información nueva y tanto nuevo por conocer que nuestra ansiedad y felicidad se notaba de solo vernos.
Finalmente me iba a un país con otra lengua, La Idea y yo lo habíamos logrado. Si bien Suiza tiene 4 idiomas oficiales según la región y ninguno es inglés (italiano, alemán, francés y romanche; este último casi no se habla), yo me imaginaba hablando en inglés sin problemas y, en el peor de los casos, aprendiendo alemán. No porque subestimara el idioma, siempre supe de su complejidad, pero estaba logrando lo que hace tantos años y tantos intentos había querido, ¿iba a ser el idioma una preocupación?
Por suerte todos los pendientes que teníamos se habían tachado con rotundo éxito, incluso la venta del auto; no podíamos pedir más. Teníamos 5 valijas y una caja enorme para llevar la bicicleta de Dari, ya que haciendo cuentas nos salía más barato llevarla que comprarla allá.
Yo estaba feliz porque había logrado guardar gran parte de las fotos y amuletos que tenía en Rosario, que nunca había llevado a BA y esta vez los quería conmigo.
Los papás de Dari y su hermana Marina fueron los valientes que nos llevaron al aeropuerto, notaba la tristeza que tenían al verlo irse tan lejos. Pero todos sabíamos que en breve los íbamos a tener de visita, y a mi me daba mucha alegría saber que nos iban a acompañar donde estemos.
Ese 8 de marzo amaneció con sol, nos subimos a los autos, ya que en uno la sumatoria personas-valijas no daba y requería que sean dos. En el trayecto empezó a llover y para mi esa lluvia era sinónimo de buen augurio; hace muchos años me habían explicado eso, y ese día no tenía dudas que era así.
Ese 8 de marzo estábamos listas, La Idea y yo empezábamos a ser una. Estábamos listas para embarcar y poner en marcha el deseo de vivir afuera; y que lindo se sentía 🌠.
LA IDEA Y YO, FELICES
Migrar implicaba ponerle “play” a mi vida, a todo aquello que tenía ganas de hacer y que había puesto en pausa por apostar a irnos juntos (y que no me arrepentía).
Pero la realidad es que todo lo que venía creando y proyectando -aún de forma muy incipiente- no lo había pensado para una cultura como la suiza. ¿Ese país podía consumir o necesitar lo que yo quería hacer? ¿Tenían las mismas culturas alimenticias? ¿Entendían la salud de la misma forma? ¿Iba a poder hacerlo con el inglés o me requería el alemán?
Todas esas preguntas debía responderlas en algún momento, pero estábamos recién llegados y tenía que darle tiempo.
Del aeropuerto un taxi nos llevó al hotel donde habíamos reservado para la primera semana en Winterthur, una ciudad a 23km de Zúrich de 100 mil habitantes, que nos habían recomendado por su cercanía con el trabajo y ser linda para vivir.
Ese día hacía frío y a las nubes les costaba darle lugar al sol. Dejamos todas nuestras cosas en el hotel y para hacer tiempo hasta la hora del check in decidimos conocer la ciudad.
Todos las casas (cómo máximo de 3 pisos) eran de colores pasteles, tenían persianas de madera, el mismo diseño, la misma perfección.
Lo primero que noté fue una sensación de tristeza, como de “apagado” y automáticamente me dije: “ay, no me digas que algo adentro tuyo ya siente que acá no es”….
Sin embargo, nada impidió el merecido festejo: ¡habíamos llegado a Suiza!




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